Persiste en todos la idea que alguien nos salvará de todas nuestras desgracias

[Por Jonathan Muñoz]

No soy poeta. De literatura sólo sé los lugares comunes del colegio. No manejo las mitologías modernas de superhéroes. Soy teólogo. Así que presentaré este libro de la única manera que sé: desde la revelación, la fe y el dogma… en ese orden de importancia.

La crítica de la modernidad generalmente se hace desde 2 frentes: desde adelante, desde la vanguardia postmo (o como diablos quieran llamarla), o desde dentro, como quienes apoyados sobre hielo sólido miran cómo todo lo sólido se torna líquido. Soy teólogo (un oficio más extraño y antiguo que el de alquimista) y no puedo evitarlo: mi crítica viene desde atrás, quizás desde lo pre-moderno.

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y puso en los cielos planetas distantes y, en esos planetas, hombres nobles y llenos de extraordinarios superpoderes, destinados a estrellarse en nuestro planeta en pequeñas ciudades alejadas de las capitales.

Estos hombres fueron creados y la Divina Providencia los condujo, para que fueran guardianes de la humanidad, protegiéndonos de terribles males y preservando celosamente todo lo bueno, lo bello y lo verdadero. Hombres capaces de hacerse responsables por la vida de otros.

En un mundo de cobardes, de pusilánimes, de inconstantes, de niñitos que juegan a ser adultos, de jovencitos que sólo saben seducir, pero nunca cultivar… se hacen necesarios los hombres valientes.

Pero, ¿dónde están? ¿Se disfrazan entre nosotros de debiluchos niños bullying? Parece que ésa es la tesis que David quiere que creamos. Su interpretación.

Pero casi todo teólogo sabe que existe una gran diferencia entre la hermenéutica y el texto revelado en sí.

El superhéroe: esa figura mítica y escurridiza ¿no es, simplemente, la invención y proyección de nuestros anhelos más profundos?… “Algo así como Dios”, dirán algunos, y yo les digo que ahí está lo interesante.

Hemos de recordar a otro medieval (y para colmo inglés) que nos dijo: “Si alguien deja de creer en Dios, el problema no es que ahora no va a creer en nada, sino que va a creer en cualquier cosa”.

David no deja de aterrarme con una profunda realidad: las crisis de la modernidad, modernidad líquida o postmodernidad, son, en lo concreto, crisis de identidad, crisis de carácter. Crisis de un pendejo que come tallarines con huevos revueltos y salta la muralla del cementerio de noche.

¿Para qué ser un hombre lleno de discursos todopoderosos y visión de rayo X que todo lo entiende y escudriña, si ya nadie cree en los superpoderes ni en la omnisciencia?

Pero por qué persiste en todos, como un sueño, como una resaca, la idea de que alguien, que no es pájaro ni es avión, nos salvará de todas nuestras desgracias. ¿No se supone que Kant nos había liberado de eso? ¡“Sapere Aude”!, ¿se acuerdan?

Se me vienen a la memoria las palabras de David Foster Wallace, considerado por muchos el gran gurú de la novela postmoderna norteamericana, un hombre que, hasta donde sabemos, no tenía ninguna fe definida, no era alguien especialmente religioso y, más encima, era afecto a pronunciar discursos en lenguaje críptico, casi intelectualoide, para parecer interesante ante el público que lee libros (cosa que esperamos que Gonzalo David jamás haga). Digo esto porque una de las últimas ponencias que él presentó en una universidad antes de su muerte, parece ser la contradicción de lo que él solía hacer y ser: una ponencia clara y con un claro tinte religioso, donde Foster Wallace afirmó lo siguiente:

“No existe tal cosa como el ateísmo. No existe el ‘no adorar nada’. Todos adoran. La única elección que hacemos es qué adoramos. Y una destacable razón por la cual escoger adorar algún Dios de tipo espiritual —sea Jesucristo, Alá, Yahweh, o las diosas madres de la brujería, o las Cuatro Nobles Verdades de algún conjunto de principios éticos inalcanzables— es que casi cualquier otra cosa que adores te comerá vivo. Si tú adoras el dinero y el tener cosas, si es allí donde buscas sentido para tu vida, entonces nunca tendrás suficiente. Es la verdad. Adora tu propio cuerpo, tu belleza y tu atractivo sexual, y siempre te sentirás feo, y cuando el tiempo y la edad comiencen a mostrarse, morirás un millón de muertes antes de que al fin te sepulten. En un cierto nivel, nosotros ya sabemos todo este asunto —ha sido codificado en mitos, cuentos, leyendas, proverbios, clichés y parábolas: es el esqueleto de toda buena historia. El truco está en mantener esta verdad frente a nosotros diariamente, de manera consciente. Adora el poder —te sentirás débil y lleno de miedo, y necesitarás siempre más poder sobre los demás para mantener el miedo a cierta distancia. Adora tu intelecto y que te vean como alguien inteligente —te terminarás sintiendo estúpido, un fraude, siempre al margen de que te descubran. Y así el ciclo continúa”.

Considerando uno de los temas constantes en el libro de Gonzalo, debo decir que unos pocos meses después de pronunciar esta ponencia, David Foster Wallace se suicidó a la edad de 46 años.

¿Será que algo se comió vivo a Foster Wallace? ¿Será que el fin de los dioses y la llegada de los superhéroes es más que una volá para intelectuales y poetas pasados a copete? Tal vez sí es verdad que esto tiene todo que ver con el niño bullying que viaja en un bus hacia Santiago por la ruta 5 Sur. Tal vez el desechar a Dios produjo dioses, tal vez el desechar a los dioses produjo superhéroes, tal vez los superhéroes no son otra cosa que niños bullying…

Lo maravilloso, al menos para mí, de todo esto es que todas las mitologías encuentran una plenitud, todas las profecías un cumplimiento, todos los anhelos una realización… y tal vez ya sea tiempo de no mirar tanto hacia delante para encontrarlos, sino hacia atrás… bien atrás.

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