La debilidad del superhéroe

[Por Nelson Zúñiga G.]

Lo primero que salta a la vista en Superhéroe, de Gonzalo David (La Liga de la Justicia Ediciones, 2011), es una voz de registro coloquial, lo que genera todo un horizonte de lectura, dada la gran difusión e influencia que el registro ha tenido en la poesía chilena, sobre todo desde Parra hasta la actualidad. Sin embargo, este Superhéroe decepciona a poco andar. Entre otras cosas, porque el ya mencionado registro coloquial está invadido por un tono que suele caer en lo melodramático y la afectación: “Está gimiendo sola en su pieza, acribillándose en piernas y brazos, enhebrando la rabia en los rincones imposibles del hogar que jamás existió” (Bamby, p. 26).

Otra característica que atenta en contra de la lectura de este poemario es el maniqueísmo con el que intenta dar sentido a su discurso. Esto es, la contraposición entre ganadores y perdedores, una polaridad que parece tomada de una mala película de adolescentes de Hollywood. En la esquina de los ganadores están los chicos que no lloran, quienes protagonizan, directa o indirectamente, varios textos en los que el hablante –desde la esquina de los perdedores- jura venganza y se deshace en invectivas: “Los odio porque amanecen fotográficamente ebrios, / como postal, junto a ella, en algún sofá ajeno.” (Los chicos que no lloran, p. 24), “Yo he jurado vengarme, ya no sé si con un barquito de papel o los artilugios con las cajitas del mcdonald (…) humillándolos en este libro como ellos lo hicieron conmigo” (Los chicos que no lloran II, p. 27). Además de ser una polaridad facilista que traiciona el desarrollo de los textos, les otorga un halo de autocompasión que difícilmente se deja de lado en el resto del poemario.

Esta constante enunciación desde la precariedad intenta erigirse en algo así como la voz de los que no calzan en las fiestas, de los que no son “populares” y sufren latamente por ello. Como puede apreciarse, es la lógica de la teen movie copiada y pegada sobre una ciudad tercermundista. Sin embargo, a pesar del gesto doliente de saberse al sur del Imperio, esta enunciación aparece más como un simple lugar común que como un discurso propio y estructurado, más como una intención que como una concreción que se lleve a cabo en los textos.

A favor de Superhéroe debo decir que éste casi se vuelve interesante en Manual para huir del cautiverio (p. 32), único poema en donde puede notarse el atisbo de un trabajo un poco menos antojadizo sobre la forma, pero la incontinencia verbal y otra vez la afectación del hablante le quitan lo poco de interesante que pudiera tener. Y es que este Superhéroe abusa de la recursividad del lenguaje, al añadir oraciones que parecieran no tener otro fin que el de extender un texto que, por lo mismo, se diluye rápidamente. Es el caso de El idioma de mi corazón, Correspondencia con Sarah Kane, El lado salvaje del dolor, por nombrar solo algunos poemas.

Mención aparte merece el texto Abril escribe la novela nacional, donde el recurso de la reiteración del verso “but myself keeps slipping away” (pp. 40-41) cae en un vacío que roza el absurdo. Tal vez la intención de este texto haya sido precisamente esa, la de inducir la náusea en el lector. Sin embargo, a la tercera línea el texto deja de funcionar, sin haber logrado su aparente cometido. Distinto sería si, entre las innumerables reiteraciones del mencionado verso, se incluyera algunas señales que hicieran avanzar el texto, que le otorgaran al menos algún sentido de lectura, no solo al interior de sí mismo, sino en relación con los demás textos que integran la de por sí difusa historia de Abril.

Tal vez lo que más se eche de menos en Superhéroe sea la constatación de un trabajo, ausencia que se manifiesta en la débil organicidad de los textos. El poemario parece apostar no a la efectividad de una propuesta, sino a una especie de “golpe de suerte”, ya que apela más al improbable acierto espontáneo que al trabajo sobre la palabra, ignorando que el poema es un espacio múltiple, que implica no solo la presentación de cierto contenido, sino que éste es indisociable de la forma en que se presenta. Dicho de otro modo, el poema no importa solo por su tema, sino por la estética que construye en torno a ese tema. Es aquí donde se encuentra, creo, el principal punto débil del Superhéroe de Gonzalo David.

Para finalizar, quisiera hacer referencia a las decisiones editoriales que afectan a Superhéroe. Creo que un texto poético debe ser capaz de sostenerse por sí mismo, en el sentido de no necesitar textos accesorios que hagan la alabanza, ni del poemario ni mucho menos del poeta. Lamentablemente, los editores de Superhéroe han tomado en esta publicación algunas decisiones que, a mi juicio, son erróneas. En general, incluir un prólogo ya me parece un gesto viciado —por ser la mayor parte de las veces nada más que un arrimarse a buena sombra. Pero asumamos que es una más de las estrategias editoriales de uso corriente e incluyamos esa práctica dentro de los límites de la decencia editorial, está bien. Pero de ahí a sacar a la luz un libro que, entre el prólogo y cuatro epílogos, ocupa vanamente casi 20 páginas de la publicación, creo que no solo es una mala decisión editorial, sino que resulta en un gesto pedante e innecesario que, además, insulta la inteligencia de los posibles lectores. ¿Cuál es el nivel de confianza del editor frente al texto que publicará, si considera legítimo incluir tal cantidad de textos adosados al poemario? Y es más, ¿en qué momento se decide que estos textos formen parte integrante del corpus, y presentarlos como la tercera parte del libro? Como dije, un prólogo habría estado dentro de lo esperable, pero tratar de sobornar al lector con cuatro cartas de recomendación es algo excesivo, sobre todo cuando uno de los panegíricos ha sido escrito por uno de los gestores de la editorial. En este caso, la recomendación del Superhéroe viene de muy cerca.

Gonzalo David
Superhéroe
La Liga de la Justicia Ediciones

[Fuente: blog Poesía y Crítica.]

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