Euforia de Martín Acosta: Cuando la cordura es una población barrosa en la ciudad de la fantasía

[Por Alejandra Contreras]

Se sabe, y no es nada nuevo, el papel que juega el poeta nacional en el siglo XXI. Lejos de ser un fantasma de lo irrisorio o agónico ciudadano del rechazo, es un tronador shock de pájaros contra los vitrales de los pueblos de provincia. En este acuario (epidemia de peces extravagantes), Martín Acosta, con tacto de criatura austera y revolucionaria, prepara el camino del bulbo luminoso hacia la interrogante. La fiebre infecciosa que provoca el vacío y relampagueante paso de las horas; la osadía de nombrar lo absurdamente material en lo poético. La aberración de formular matemáticamente el estallido de la lucidez hacia un espacio maquinado y artificioso, donde el lector esperanzado de liberación se esconde.

Vengan y hablen, vengan y hablen y busquen debajo
De las piedras y también por debajo de la tierra
Y el Mar; vengan del norte y del sur del este o del oeste,
Desde lugares sin rótulo también vengan,
Vengan sin miedo y esperemos juntos la puesta del sol.

Euforia, dentro de un marco de simulación sinfónica de la palabra, es una invitación sensata del poeta hacia el movimiento y la acción que convulsiona la supervivencia. Un llamado a la cordura que compromete al intelecto y al espíritu, a una sociedad desquiciada que correlaciona lo obsceno con lo humano y lo natural, en pos de una ficción mediática abrumadora. El poeta “no delira”, “no balbucea”, “no es vencido”, sino que más bien se fortalece en la batalla tras la flecha venenosa de la figura. Un atisbo de glosario guerrillero, en medio de un lago entenebrecido de preconceptos.

Tirar la almohada,
Escribir de pie, echar al abandono el sueño,
Salir a la calle y salir del distrito,
Ir en busca de los aforismos que pululan
Por este curioso libro en los que algunos
Son meros números
Y otros meras palabras;
Ni siquiera detenerse en quienes están durmiendo,
So pena de muerte intentar despertarlos…

La literatura que se corresponde con el margen geográfico de lo regional. La tristeza como torbellino implacable contra lo establecido. La nube nuclear y bacteriológica que provoca la honestidad y la sencillez del artista en constante evolución y re-evolución poética. La rabiosa y límpida palabra, la sintaxis del lenguaje oculto tras un medio literario viciado por la sobreexposición y la apariencia. Todo lo anterior como baluarte honorable y errante de la significancia de ser un trabajador de lo poético y la literatura que expele la belleza y el silencio, en un país donde lo efímero y lo miserable es oleaje de cada día.

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