Imaginé espléndidas cabras ninjas haciendo montañismo en la palabra

[Por Tito Manfred]

El libro se titula Euforia y en su cubierta aparece una cabra. Una cabra erguida sobre una mole de piedra. En mi cabeza la palabra euforia y la imagen de un animal de montaña hacen síntesis, se resignifican y arbitrariamente pienso en ese video de YouTube donde unas cabras ninjas suben y bajan de un macizo con destreza sobrehumana. Es probable que esas criaturas eufóricas no pasen un test antidopaje o que sus superpoderes sean producto de efectos de edición. Cualquiera sea la explicación racional al comportamiento de aquellos animales, la representación gráfica de éstos en el objeto libro sirve como puerta de entrada para aproximarse a la lectura del texto y hallar las claves para una interpretación que nos permite hasta el minuto vislumbrar, a manera de hipótesis, la figura del autor como una cabra en el empeño de remontar un coloso que llamaremos lenguaje.

De lo anterior se puede desprender que la principal preocupación que cruza Euforia es la palabra en cuanto materia prima del poeta, y cómo ésta se inscribe en el contexto de una entidad (el hombre) que la produce en un escenario (el mundo). Esto, que parece una obviedad, no lo es, y permite incluir a Martín Acosta en una larga tradición de poetas chilenos que han entendido la poesía como campo de acción y reflexión (también de batalla) en torno a la escritura misma, vale decir, una escritura puesta en abismo, y que probablemente tiene como último hito la poesía de los 90, o al menos a los autores más valiosos de dicha generación —pienso aquí en Carrasco y Anwandter, por nombrar a los dos que se me vienen primero a la cabeza—. Metapoesía, dirán otros equívocamente, con el tufillo de la borrachera larga de la academia.

Algo que resulta interesante en Euforia es que, no obstante los recursos metalingüísticos a los que echa mano el autor, los textos que conforman el libro configuran un universo, o un paisaje si se quiere, vigoroso, fresco, vital y esencialmente urbano —lejos del larismo, de los clichés de la poesía sureña y de los campos de referencia que se le han atribuido a ésta—. Ante todo, estamos frente a poemas escritos de cara a un mundo que necesita por voluntad del autor ser nombrado, y que no se agotan en la digresión procedimental. Un claro ejemplo de esto es Las meras palabras, el capítulo que da inicio al poemario. Allí, lejos de emplear un decir críptico que vuelve sobre sí mismo una y otra vez hasta autofagocitarse, Martín centra su atención en el lenguaje en su función (su imposibilidad) de representación del mundo, a la manera de Whitman, por citar una de las fuentes de las que bebe el autor y cuya poesía se caracteriza precisamente por una plena conciencia respecto a sus propias costuras y el ambicioso intento de abarcar y contenerlo todo con la palabra poética. Hay, en efecto, en Euforia problematización del lenguaje y del oficio escritural, pero quien espere encontrarse con textos ensimismados en su propia urdimbre y halterofilia lingüística terminará decepcionado; no así quienes conciban la escritura primero como neurosis y luego como fenomenología del yo entre los otros —ese infierno del que hablara el turnio Sartre—. Porque es una cuestión/ de nervios/ hay que escribir. Por/ para/ y hasta en contra de ellos, escribe Acosta en el poema VIII. Porque si importan las palabras, no es porque sean coloridas piezas de lego para armar y desarmar en el vacío, sino porque en su armado y desarmado está en juego la belleza y lo que nos constituye como seres.

En el capítulo que sigue, La voz del cuerpo, nos encontramos con un hablante que finalmente ha asimilado el lenguaje con sus dobleces, entendiendo que en esos dobleces están las trampas que imposibilitan el dominio de la palabra y que más bien funcionan como puertos de entrada para la infección verbal del cuerpo —ese virus del que hablara Burroughs—. Así, si en Las meras palabras se expone la posición feble del autor ante una columna de roca que jamás podrá escalar y ver desde el otro lado, en este segundo capítulo el lenguaje empieza a ejercer su señorío a voluntad, al punto de mutar y transformarse en una prolongación del cuerpo, al mismo tiempo que el cuerpo se convierte en una extensión del lenguaje, como si todo fuera texto, y en efecto lo es. Esta idea se expresa, por ejemplo, en los poemas de corte erótico que aparecen en este segmento, como en el caso del XIV, que propone el cuerpo como espacio de comunicación. Cito: Juguemos al juego: Sí, juguemos al juego./ Una sugerencia o casi una petitoria:/ J U G U E M O S A L J U E G O./ Juguemos al juego de desnudarnos/ buscando huellas y lunares, pistas y datos/ que nos puedan ir diciendo/ de qué estamos hechos. Vale decir, el cuerpo como intrahistoria, pero también como mutación y carne codificada en la medida en que el lenguaje lo medie y transfigure.

Acá nada ha sido dejado al azar; de ahí que tras el periplo primero iniciático, luego somático, el libro cierra con Griterío de mundo, capítulo que viene a significar el choque comunicacional del sujeto con los otros. Aquí, el hablante mediatiza, era que no, la realidad a través del lenguaje, que a su vez tensiona la relación entre él y el mundo; un diálogo que se torna pedregoso y sirve de estímulo para la producción de los versos más críticos o desencantados del libro. Martín escribe en el poema V: Contengo en mis dientes toda la frialdad/ de las montañas donde nevó la muchedumbre,/ en la arquitectura de mis muelas desmanteladas/ por los deseosos de lo suyo y de lo ajeno tengo/ eso que hace cortar con cuchillo los ambientes.// Tengo la lengua reseca y un buquetazo tremendo/ por el sabor malsano que me deja/ parte del mundo al probarlo. El autor ha sido cabra desbocada escalando montañas agrestes y ha conocido lo que es dominar la pendiente y lo que es caer. Se ha ganado a pulso el derecho a decirle al mundo unas cuantas verdades.

A esta altura el poeta eufórico está en completo dominio de sus vértebras, de su musculatura y de su mecánica. Conoce sus limitadas fortalezas y su Debilidad dramática, crucial: la precariedad del lenguaje y la imposibilidad de domarlo. Mastica su derrota con la dignidad de las bestias. Juega con su bulo alimenticio y hace de él su última arma. Bufe vapor por la nariz y fustiga a los hombres por necios, hipócritas y pusilánimes; les escupe una pasta pretendidamente informe y con esquirlas: palabras, irremediablemente puras palabras. Grafías, sonidos y poco más que eso. El rito final de un poeta transfigurado en cabra que ha impreso sus pezuñas en el peñasco, su voz en el ruido idiota del mundo.

Chillán, 6 de julio de 2013.

[Fuente: web Letras.s5.]

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