Euforia de Martín Acosta

La Liga de la Justicia Ediciones

[Por Víctor Munita Fritis]

1.- f. Sensación de bienestar y alegría como resultado de una perfecta salud o de la administración de medicamentos o drogas.

2.- Estado de ánimo tendente al optimismo: modera tu euforia hasta saber el resultado.

Generalmente los poetas que publican muy jóvenes, cosa que para mí no es dramático ni cómico, sus libros son pretenciosos, repletos de búsquedas “de algo” que sólo el poeta sabe y que los lectores poetas de la forma, fondo y ritmicidad, o los lectores de visión panorámica e histórica, deben bancarse, como si fuera un mandamiento recibir todo lo que venga producto de la Euforia del autor o también su depresión.

Vengan y hablen, vengan y hablen y busquen debajo
de las piedras y también por debajo de la tierra
y el Mar; vengan del norte del sur del este o del oeste,
desde lugares sin rótulo también vengan,
vengan sin miedo y esperemos juntos…

En el caso de Martín Acosta en Euforia, es en gran parte diferente, no tiene esas pretensiones clásicas de la poesía joven chilena; un libro donde intenta hacer su propio camino, atractivo para un autor de 24 años que si bien lo pensamos, comenzó a escribir este libro mucho más joven.

Mira con ojos atento los caminos de la poesía nacional y se desprende de sí mismo en varios versos y poemas, cosa que parece más que interesante cuando la mayoría de los primeros libros aparece el YO como único camino para ser poeta, libros que a no ser que sean una genialidad pasarán a engrosar bodegas de editoriales o a ocupar los espacios de saldos en famosas y medianas ferias.

Hay una honda sencillez y honestidad en el libro; la mezcla notoria de buena lectura y el compromiso por un lenguaje lejos de palabras brillantes e inmediatez, hacen que se convierta en un libro digno y distinto a la ola de juventud de la poesía ego-lingüista de los últimos años, de la cual fui víctima con un primer libro.

Construir miradores en los propios desiertos no es tarea fácil, bajo un lenguaje provocado por el entorno y los miedos del paisaje interno de cada humano.

Su métrica es variable, pero con significados claros y coherentes:

Se escribe; más bien escribo
como el topo que hace caminos
porque tan sólo necesito mis dedos
para imprimir lo que surge ,
y la visión junto a la vida no es más que
un pretexto,
sintiendo así la muerte como un gran libro…

Unas de las gracias importantes del libro de Martín Acosta, es que en la jauría poética cualquier cosa puede ser llamada poema (y lo digo en buena): bien se pueden escribir para el lado haciendo enter o poniendo talk y ponerlos en el gancho de una carnicería como chorizo colgando. Los poemas de Euforia no funcionan ni como estructura, ritmo, ni como contenido si están escritos para el lado; fueron hechos para colgar sin miedos en el jardín del verso libre, así los poemas crecen en el cuerpo del lector.

Hay también una manera interesante en el primer libro de Martín de encarar al lector sea cualquiera este, como por ejemplo:

No tienen para qué comprar flores
ni recuerdan fechas, planifican poco y no se proyectan,
les gusta lengüetear el momento,
no discriminan porque gustan de muchos lectores
y no saben nunca el nombre de su acompañante
ni dónde pasarán la noche ni con quién ,
no suspiran ni quitarán jamás horas de sueño.
¡Pero ay las ansias de perro en celo que tienen!

Es que Martín, a sus 24 años, se le nota juventud y eso es bueno, se le nota que busca desde la humildad literaria entregar un buen poema, un poema que por sí solo se lee y se ajusta a un grupo como un proyecto de versos en pos de un tema. Él no es el típico poeta con su primer libro pretencioso, que cree que dejará la zorra en la poesía chilena.

No intenta experimentar porque sí, ni dar una propuesta nueva estética por antonomasia; escribe como un graffitero en la muralla permitida, se sienta en el asfalto, en la cuneta de la silla coja del sol. Aquí lo obvio no es un juego de azar, es un asunto de poeta serio y creador de lo que se nos venga en gana y sintamos.

Si un día inconveniente y desastroso
comienzas a temerle a la muerte,
llegará hasta tu pieza como los fantasmas de los niños
que no existen y que los pésimos padres inventan.
Vendrá el dios emergido de tu mente y sólo en tu mente
te agarrará de las orejas y como ganado a patadas
te tirará en el corral también ficticio que acá llamamos patria.
Querrás llorar o tal vez beber la leche difunta de tu madre
o la de una mujer con la cual te acostaste un día y que hoy
unos años más tarde acaba de parir.

Euforia es un poema siempre en desarrollo, musical al finalizar cada texto; es un baile y un garrote a la pérdida del miedo establecido por cultura o biología. Una manera de aterrizar a unos cuantos de la cegada, aterradora y loca humanidad.

El poeta es claro, pero no lejos de un oficio sincero, no le hacen pillerías y él tampoco anda con esas. Porque si bien es una Euforia, no es una cabra suelta trepando los macizos por loco impulso: Martín Acosta sabe que cada pezuña es paso bien dado en el libro y como poeta.

Bien dice su editor, Tito Manfred: “el poeta eufórico está en completo dominio de sus vértebras, de su musculatura y de su mecánica. Conoce sus limitadas fortalezas y su Debilidad dramática, crucial: la precariedad del lenguaje y la imposibilidad de domarlo. Mastica su derrota con la dignidad de las bestias. Juega con su bulo alimenticio y hace de él su última arma. Bufe vapor por la nariz y fustiga a los hombres por necios, hipócritas y pusilánimes”.

Martín Acosta es, sin duda, uno de los proyectos de la poesía de provincia que trepa por el concierto nacional con un gran futuro; pero ante toda juventud, su poesía desprovista en buen porcentaje de los arquetipos noveles, es un poeta al cual se le exigirá más, porque está más allá del sencillo rótulo de poeta joven de Chillán, mucho más.

¡Encuéntrame lector que mi paso es lento!
No así mi sed y la anchura de mi ojo
que tiene la tradición cazadora de las leonas.

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