Urlo. Un cadáver que se puntea, no con un palo, sino con la lengua.

[Por Juan Malebrán]

Desde el título este poemario me remite a unas cuantas cosas extraliterarias que bien podrían parecer inconexas. Al cine giallo, por ejemplo, y a un Mario Bava haciendo de las suyas utilería y ojo en mano. A ratos, a unas cuantas escenas de la primera toma de Guinea pig y, en otras tantas, a las marcas de los cuerpos que abrimos sobre el zinc de la mesa escuchando al Darío en el SML de Iquique. Elementos todos ligados al tripaje, al charco endureciéndose al ritmo de las moscas o al tajo del pellejo que espera ser descubierto en el peladero.

Un imaginario que huele igual que el hedor de la pupa que se aplasta por accidente o el sofá del cinéfilo que respira, de tanto en tanto, cuando la ampolleta se prende. Un libro obseso, cargado de la parte más sucia de la muerte, en el que asesinos, sicópatas, comemierdas, canibalistas y aficionados al goce mortuorio se juntan en una amalgama que en su conjunto alcanza buenos ratos de grotesco.

Y es que es difícil que una propuesta como la de Espinoza o Bardi, como prefiero llamarlo, no caiga por momentos en la exageración propia de la estética que aborda. Difícil mencionar el trabajo meticuloso del díptero, sin tropezar con la espesura misma de la lividez. Sin embargo, estas puntas del machete con las que no se cansa de abrirse paso entre huesos y epidermis, bastan para que este urlo sea a veces agudo y otras, completamente gutural.

Entonces, pienso en Duncan y en todo lo que habrá tenido que pasarle por la cabeza a la hora de registrar su jugueteo necrofílico. Pienso en Zhu Yu y en los cubiertos cortando sus fetos en Beijing del 2000. Pienso en Burden, en Wilke y, cómo no, en Van Haggens. Pienso en la palabra cadáver, en el cadáver mismo y en la distancia insalvable que media entre ambos.

Pienso en Bardi encerrado en su pieza dándole a las teclas, mientras suena, imaginemos, Merzbow.

Porque la imaginación es pieza clave a la hora de entregarnos a esta tripleta en la que el autor se pasea sin tapujos, mezclando clásicos del suspense, el gore y la crónica roja noticiera, tensando a su antojo el aguante del lector. Poniendo en riesgo la entereza del vocablo que en cualquier momento cae desnucado por el punto como estoque. O afianzándose desde el Yo, como si éste fuese la última transgresión del sujeto: sangre, vísceras y jugos gástricos esparcidos a lo largo de los 27 títulos que componen el poemario.

Seguramente algo tendrá que ver el desierto en todo esto y las ganas de teñir un poco este tremendo tierral nortino. Seguro, también, tiene su rol el tedio. Los deseos de vulnerar la tersura trucha de la poética pampina y darle con el perfil sicopático un corte certero a lo largo de la femoral. Como sea, y sin importar mucho si Bardi alguna vez habrá sentido el roce de la sierra destazando una calota, o habrá arrastrado lejos de la escena los restos de evidencia, con Urlo logra, sin lugar a dudas, meternos dentro de lo suyo, recordándonos de paso que en cualquier ciudad del mundo es posible encontrarse con algún maniaco trazando las posibles líneas de su modus operandi.

[Fuente: revista Cinosargo.]

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