Exogénesis: Éxtasis Cósmico en los solitarios anillos de Saturno

Exogénesis de Gonzalo David (La Liga de la Justicia Ediciones, 2014)

[Por Fanny Campos Espinoza]

Gonzalo David al pedirme que presente su nuevo libro, como una especie de advertencia, me ha dicho que se trata de un texto que “coquetea con la novela” y que es “rarísimo”. Ahora que lo he leído entiendo por qué algunos podrán encontrarlo “raro”.

Primero, es una especie de híbrido, que si hay que encasillarlo, podríamos decir que es una novela corta, escrita a modo de diario o bitácora de viaje. Pero en ella también se contiene un único poema y, además, una carta, y lo que sí podría ser un poco más extraño, un mapa. Así, esta prosa que además está ilustrada, se trata de una novela corta que “coquetea”, para emplear el mismo verbo del autor, con lo epistolar y lírico. Sin embargo, hace mucho, no es inusual en la literatura esta suerte de mezcla de géneros, lo que tiende a diluirlos.

Segundo, el autor se desdice de la autoría del texto, señalando que sólo habría sido el albacea y editor de los manuscritos encontrados que hoy nos convocan. Pero este cuestionamiento o desplazamiento de la autoría no es nuevo desde que Cervantes supuestamente hubiera traducido al español un manuscrito escrito en árabe que habría encontrado en un mercado de Toledo, que ya en el siglo XVII titulara El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Tercero, no es una narración continua o lineal, sino fragmentada. Entre párrafos que alternadamente narran lo que ocurre veinticuatro horas antes del místico acontecimiento denominado “parusía”, que cambia todo orden de cosas en el mundo, y la travesía post-parusía en busca del reencuentro con el amor juvenil jamás olvidado. Lo que tampoco es inusual en la literatura.

Y cuarto, es una novela fantástica, futurista, pero –y acá está lo verdaderamente “raro”– no se trata de una distopía, a las que nos tiene acostumbrados este tipo de literatura. Acá no hay caos, ni horror, ni devastación. Y eso sí que es inusual. Tan atípico como un narrador lleno certezas, ya que sólo la religión y su sistema de valores objetivos y dogmáticos puede dar esa extraña certidumbre que parece tener el protagonista de la novela. En efecto, no hay nada más raro, desde que Nietzsche anunciara la muerte de Dios hace tanto ya, y la incertidumbre se apodera de nuestra era posmoderna. Para bien o para mal, las verdades hace mucho que ya no son únicas e incuestionables. Pero a la vez, y acá está la gracia, el narrador paradójicamente necesita algo más que el estado en el que le ha dejado la “parusía”, y va encaminado al despeñadero con esa ciega fe, al parecer, finalmente traicionada (“al parecer”, porque el final es abierto).

Guardando las proporciones, Exogénesis es una especie de Necronomicón chileno, provinciano, sureño, chillanejo, atravesado por una historia de amor o desamor “post-adolescente”. Gonzalo David, al igual que H.P. Lovecraft, nos sitúa frente a una narración fantástica que más que escribir, habría encontrado y editado, en el que se contienen misterios escatológicos que remiten no sólo a los orígenes de la vida (exogénesis) –“Nuestros cuerpos están compuestos de material reciclado, formado hace millones de años al interior de las estrellas. Sudamos polvo cósmico(…)”–, sino también al futuro del mundo “post-parusía” o aparición. El término “parusía” alude para los cristianos a una segunda venida de Jesucristo a la tierra, pero acá no hay Cristo, sino “Malqasaiek, autor de la vida, cabeza del cosmos (…)”.

Tal como estilaba H.P., a principios del siglo XX, la narración está escrita en primera persona, y como ya he mencionado, incluye otros textos diversos al manuscrito que se edita, los que también habrían sido encontrados, en este caso, en una expedición arqueológica a los faldeos de la Cordillera de los Andes por G. David: (un poema escrito por el personaje, un mapa de su autoría, además de una carta escrita por la mujer tan buscada por el narrador). Pero, a diferencia de H.P.L., en G. David no hay “horror cósmico”, sino una suerte de éxtasis cósmico, que viene a ser un orden cósmico recobrado –“miro a mi alrededor y veo que la gloria de Malqasaiek lo llena todo. Ha reconciliado todas las cosas que están en los cielos y las que están en la tierra”.

Esta narración fragmentaria nos arrastra como oleaje entre tierra firme y altamar. Nuestra orilla sería lo conocido, lo urbano, que es lo semejante a la era que vivimos y a la que parece recordar el personaje, con elementos cotidianos (celulares, buses, Internet) y situado en espacios que conocemos (cafeterías, bares, video club, todos en el sur de Chile, en Chillán); mientras que la alta marea sería el mundo futurista, paradójicamente rural, en donde la naturaleza, que es lo único que queda, parece haber adquirido ciertos rasgos deslumbrantes –mucho alerce, bosques, cascadas, misteriosos mensajes ¿en griego, hebreo, árabe? sin traducción, supongo que inscritos por el propio Malqasaiek, lagos con nuevos nombres, amapolas que recitan poemas, peces que se conectan con los hombres, flores primigenias con nombres. De ahí que las referencias más que literarias, también fluctúen entre uno y otro mundo. Por una parte, remiten a lenguajes espirituales (“parusía”, “monte Zaión” –en referencia al monte Sion como sinécdoque de Jerusalén, o de Zión, de la cultura rasta–, los devas –deidades hinduistas y budistas–, Malqasaiek –en alusión al sacerdote Melquisedec, del antiguo testamento judeo-cristiano–, en un interesante sincretismo de diversas creencias religiosas), y por otra, a la cultura pop: las personajes se comparan con mujeres hollywoodenses (Nicole Kidman y Marla Singer); pero en este espacio de reminiscencia, también se cita explícitamente a Nicanor Parra, e implícitamente se asoman Gonzalo Rojas y Jorge Teillier.

En el mundo post-parusía, el personaje decide realizar una travesía en búsqueda del amor encarnado en su “niña del campo” de San Fabián que a la vez, paradójicamente, también podría entenderse como una mujer algo oscura “la más rara de las Marlas Singer tercermundistas”, con quien tuvo una relación juvenil, alguna vez muy lejana, cuando aún el mundo era el que conocemos, y a la que obligó a prometer que se encontrarían una vez muertos.

Al parecer, de nada valdría el éxtasis espiritual post-parusía, si no se tiene con quién volver a “(…) lanzar escupos/ desde los anillos de Saturno”, y es ese tremendo valor que otorga el protagonista –porfiadamente, incluso más allá de la muerte o parusía– al amor entre dos personas, el que desestabiliza todas sus “raras” certidumbres religiosas.

Sí, cierto: un libro extraño. Un libro que tiene la virtud de ser “raro”, sobre todo en fondo. Por lo mismo, lo invito a leerlo y sacar sus propias conclusiones.

Santiago, 19 de diciembre de 2014

[Fuente: web Letras.s5.]

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