Ciudad Inversa

Karen Valladares
(Honduras, Poeta del Grado Cero)

[Por Mónica Gameros]

Nadie olvida la distancia y sus colores bipolares.
Aquí nada vale. Todo ha muerto.
El silencio ha vuelto a posesionarse de mi boca.

Ciudad Inversa, o los días de la agonía, o los días del exilio, o los días de la sombra que nos cubre sin que podamos evitarlo. Una sombra llamada poesía, contemplación; una sombra que llega sin que se le pida, sin que se le espere o sea anhelada.
Karen Valladares y sus pasos silenciosos recorren la ciudad donde vive mientras las calles, las ventanas y los callejones le hablan; a ella, la poesía se le desborda por los ojos, por la lengua y hasta por las manos parapléjicas, y con esto habla de la miseria, de la tristeza, de lo incivilizado que es este mundo lleno de salvajes egoístas.
La poeta se duele, y se recuerda, y se conmueve. La poeta es en círculo continuo; la niña solitaria que juega con los fantasmas de la casa, la gran casa de la familia, con sus patios, con su luz, con su historia llena de fantasmas; no como su casa que vacía está, llena de ausencia y de vacío.

Sobra el tiempo
para enamorarse,

para leer un  libro.

Para sentarnos en el techo de la casa
y mirar el cableado de la ciudad y no el cielo.

Karen sigue su canto melancólico donde añora la calma, la paz, ese sentido de equilibrio que nunca se consigue cuando se es poeta. Sus ojos son llave maestra, lengua muerta, silencio que estalla y lo rompe todo, con toda mala intención, con el propósito de provocar hastío, melancolía, incomodidad…

Mis ojos no son ya aquellas calles solitarias y muertas,
la piedra que golpea la tibia mirada que no observa. Silencio

Quién sabe qué provoca el encierro de las grandes ciudades en la poesía que fluye por los ojos, se clava en la mente y se desangra por la lengua; el caso es que las ciudades evocan siempre un encierro invisible, una forma de desaparecer sin que nadie lo note; nos convierte en número, estadística, base de datos, y nos roba la vida, el día, la vida…

Cabalga la noche sobre la ventana
como la lluvia sobre los rostros,
como la ciudad sobre la palabra.

Si la palabra es sentido, la poesía es locura; no enferma, tampoco sana; no es un arma que salve la vida de nadie, pero salva la vida de quien la acepta sin condiciones y se fuga cuando menos lo piensas, cuando el silencio invade tu pensamiento y obstruye tu palabra, y te deja hueca y te orilla a la miseria que nos arrincona sin entender nada, sin aceptar nada, sin importarnos nada.

Se me han agotado las palabras.
Que alguien me diga qué decir entonces.

Como en su dedicatoria inicial, Karen cierra su poemario con su sentencia de muerte para la poesía, para la rima, para la métrica, para el soneto, y da rienda suelta a sus imágenes de lo cotidiano, del luto amoroso, de la orfandad de la ausencia que le acompaña desde siempre; sólo para no darle espacio a la fragilidad de la poesía simple, la cursi, la que busca el agrado y el aplauso fácil; y sin importarle nada cuelga la pluma, rompe el papel, se desgarra, y de ella brota, quizá en contra de su voluntad, la poesía: la real, la sucia, la que insolente rasga y deja una herida que sangrará cada vez que el libro sea abierto.

[Fuente: blog de Karen Valladares.]

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